Si tuviera 30 segundos para saber si una iniciativa va bien encaminada, haría esta pregunta:

¿Qué cambia, para quién cambia y cómo sabremos que ha cambiado?

Cuando eso no está claro, suele pasar que hemos arrancado con energía, el backlog crece, entregamos cosas… y a las pocas semanas alguien pregunta: “vale, ¿y esto para qué era?” Y no suele ser un problema de esfuerzo, sino un problema de enfoque.

Para mí, la mentalidad de producto no va de roles, ceremonias o herramientas. Se trata de poner el foco en tres cosas antes de lanzarnos a construir: qué problema queremos resolver, para quién y qué valor esperamos generar.

El error más habitual es arrancar por el “qué”. Las primeras conversaciones giran alrededor de lo que hay que construir, los entregables que se esperan, para cuándo, quién lo hace y dónde lo seguimos. Son preguntas válidas. El problema es que, si arrancamos así, corremos el riesgo de organizarnos en torno a la ejecución de algo que quizá no era lo más importante.

Por eso, antes de bajar a la operativa, conviene aterrizar el propósito, el usuario y el valor con estas preguntas:

Si esto no está claro, bajar al backlog demasiado pronto no nos va a ayudar. Esto sucede con frecuencia con iniciativas que ya llegan formuladas de esta forma:

Ahí el riesgo es aceptar la solución sin haber entendido bien la necesidad. Pasa, por ejemplo, con peticiones como esta: “automatizar la aprobación de solicitudes”. Hasta ahí, lo que tenemos es una solución. La conversación útil empieza cuando preguntas: “vale, ¿para qué?”. Y entonces aparece el problema real: reducir tiempos de respuesta y evitar errores. A partir de ahí ya puedes concretar mejor:

La necesidad de fondo no ha cambiado. Lo que cambia es la calidad de la decisión.

Producto es el compendio de propósito, usuario y valor

Cuando hablamos de producto, para mí hay tres elementos que no pueden faltar: propósito, usuario y valor. Si falta uno de estos tres, es fácil caer en una dinámica peligrosa donde trabajamos mucho pero con un impacto difuso.

triángulo conformado por propósito, usuario y valor formando el conjunto del producto

Lo importante es que algo cambie de forma observable. Si no cambia nada visible, probablemente no estamos generando valor; únicamente estamos haciendo cosas.

Una buena pregunta para aterrizarlo es: ¿Qué mejora real se producirá para el usuario si esto funciona?

Cómo aterrizar esto en el día a día

  1. Arrancar por problema y valor, no por entregable.

Antes de hablar de solución, deja claro qué dolor quieres resolver, para quién y qué mejora esperas ver. Herramientas como una Inception bien enfocada ayudan justo a eso: alinear propósito, usuario, valor y cómo sabremos si vamos bien.

Para ese arranque ayuda de forma sustancial dejar por escrito algo tan simple como:

No lo veas como burocracia. Tómalo como una manera de alinear mejor y de evitar que el backlog se convierta en lista de tareas.

  1. Conectar estrategia, foco y backlog.

Si una iniciativa no está conectada con una prioridad real, el backlog acaba lleno de trabajo, pero no necesariamente de valor. Por eso conviene enlazar bien estrategia, priorización y roadmap.

  1. Traducir intención en seguimiento real.

Si dices que buscas impacto, luego tienes que revisarlo. Y ahí ayuda formular bien los objetivos y acompañarlos de resultados observables, sin confundir actividad con impacto. Para eso, puedes complementar bien con el uso de OKRs, prestando atención a sus anti-patrones.

En conclusión

Trabajar con mentalidad de producto va de tomar mejores decisiones desde el principio. La próxima vez que arranques una iniciativa, yo me pararía un minuto en estas tres preguntas:

Porque el valor no aparece al final. Se decide desde el inicio y se revisa durante el camino.

Tu backlog no debería demostrar que trabajas. Debería demostrar que estás cambiando algo valioso para alguien. ¡Te leo en comentarios! 👇

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