Hace poco leí que Bill Gates recomendaba no contratar por título universitario, sino por habilidades, y no puedo estar más de acuerdo con él.

En un mundo donde todo avanza tan rápido, ya no podemos valorar una persona solo por sus conocimientos, porque esos conocimientos quedarán irremediablemente obsoletos en poco tiempo.

Un título puede ser un indicativo de que una persona cuenta con ciertas capacidades de base y conocimientos en determinadas materias. Pero, aunque sigue siendo un punto importante a valorar, no debe ser el criterio fundamental.

Entonces, ¿qué cualidades debemos valorar en este nuevo entorno?

Las compañías están cambiando hacia un modelo más transparente y abierto, en el que cada vez son más importantes factores como la sostenibilidad en el modelo de negocio o el propósito, donde los empleados tienen cada vez más responsabilidad en la gestión de la compañía.

Por eso, cada vez son más importantes valores como honestidad, humildad, sinceridad, respeto, valentía… que son, al final, los que permiten crear un equipo con mayúsculas y hacer crecer una empresa. Las “estrellas del Rock”, cuya herramienta de trabajo principal es Twitter, lo van a tener difícil en el nuevo entorno.

Otro punto clave serían las habilidades, entendidas como esas capacidades de la persona que son básicas para realizar correctamente su trabajo. A diferencia de los conocimientos, las habilidades no envejecen con el paso del tiempo: la capacidad de aprendizaje, escribir bien, presentar en público, trabajo en equipo, comunicación visual, etc.

De estas habilidades me gustaría destacar las tres que, a mi juicio, siempre han marcado la diferencia y que considero lo seguirán haciendo en los próximos años:

Optimismo

El 12 de septiembre de 1962, John F. Kennedy comunicó al mundo que EEUU lograría ir a la Luna antes de que terminara la década. En julio de 1969, pocos meses antes de que 'expirara' el plazo que JFK había dado, Neil Armstrong hacía historia y se convertía en el primer hombre en pisar la Luna.

En el momento del famoso discurso de 1962, la URSS llevaba la delantera en la carrera y EEUU no estaba preparada para ese reto. Pero el hecho de adquirir públicamente ese compromiso fue un aliciente fundamental para conseguir esa hazaña que por aquel entonces se veía como algo imposible.

Mantener una actitud positiva y pensar que es posible son factores fundamentales para hacer que algo suceda.

Emilio Duró, en su genial charla Optimismo e Ilusión, divide a las personas en dos grupos: las personas que dan energía y personas que restan energía.

Las personas que dan energía son esos compañeros con los que da gusto trabajar por el empuje que tienen, siempre con una sonrisa y dispuestos a echar una mano cuando la cosa se pone fea. Podría decir que el mero hecho de cruzar unas palabras con ellos ya te carga las pilas unas horas.

Por otro lado, están esas personas que ven siempre el vaso medio vacío y a las que tienes que empujar constantemente. Viven en un permanente estado de enfado y colaborar con ellos te quita parte de la energía que deberías de emplear en los proyectos.

Todo es un problema para ellos y, cuando las cosas no van bien, son los primeros en decir “te lo dije” o añadir algún problema adicional que no habías tenido en cuenta.

El optimismo ejerce, por tanto, como un multiplicador de los conocimientos técnicos y es un punto fundamental a valorar.

En esta excelente charla TED sobre este tema, Shawn Achor comenta cómo el optimismo nos hace más inteligentes y aumenta nuestro nivel de creatividad y energía: “We think we have to be successful, then we’ll be happier. But our brains work in the opposite order."

Creatividad

La creatividad es una de esas cualidades que, al menos por el momento, diferencia a los seres humanos de las máquinas. Vivimos en un mundo donde la automatización y la inteligencia artificial están sustituyendo, poco a poco, los trabajos físicos y los trabajos de carácter repetitivo.

Sin embargo, no está haciendo lo mismo con los trabajos que requieren creatividad, que sigue siendo un valor humano fundamental.

La creatividad no está presente solo en disciplinas como la pintura o la música, sino que es importantísima en cualquier disciplina, y es lo que ha permitido al hombre “crear el futuro” desde las cavernas hasta la revolución digital.

Ser creativo es ser crítico, cuestionar todas esas cosas que se hacen de una determinada manera porque “siempre se han hecho de esta forma”, usar nuestra imaginación para cambiar las reglas establecidas y buscar soluciones diferentes e inusuales ante un problema.

En esta excelente charla, Duncan Wardle, exdirector de Creatividad de Disney, afirma que todos somos creativos. La creatividad es esa curiosidad y esa imaginación que teníamos en nuestra infancia y que hemos ido perdiendo, ya sea durante nuestra educación o durante nuestra vida laboral.

Y no vale la excusa de que la creatividad es algo innato. Seguramente hay algo de eso, pero referentes en el tema como Ayse Birsel, afirman que se puede entrenar.

Hacer las cosas automáticamente y sin pensar es lo que mata la creatividad. Por tanto, para ser diferentes debemos hacer cosas diferentes, aunque esto suponga a veces hacer cosas intencionadamente mal.

Foco

Vivimos en un mundo hiperconectado donde lo que sobra es información. Muchas empresas no compiten ya por vendernos algo en propiedad, sino que todo pasa por modelos de suscripción o incluso modelos gratuitos donde las empresas compiten por nuestra atención, por un pedazo de nuestro tiempo.

Es fácil caer en la trampa de emplear tu tiempo en cosas que realmente no aportan valor y es complicado, a veces, entregar un trabajo de calidad a causa de todas las cosas que tenemos en la cabeza.

Por eso, en este entorno, esas personas que saben poner foco como un láser tienen muchísimo valor. Es una habilidad priorizar de forma inteligente y, además, poner todas sus neuronas en la tarea que están haciendo en ese momento olvidando el resto.

Pero, cuando hablo de capacidad de poner foco es igual de importante la habilidad de quitar el foco, de desconectar. Este verano recibí un email de un compañero que decía: Estoy de vacaciones desde el... hasta el... No obstante, sigo revisando el correo a diario y estoy disponible en el número... para cualquier tema urgente.

Este mensaje es un signo de profesionalidad que sería bien visto por muchas compañías, pero… ¡es no es irse de vacaciones! No deberíamos trabajar si estamos de vacaciones.

Tampoco deberíamos aprovechar las vacaciones para leer todos esos artículos o libros relacionados con el trabajo que no has tenido tiempo de leer durante el año porque no es sostenible a largo plazo.

Desconectar es un acto consciente que nos permite poner el foco en esa parte de nuestra vida a la que normalmente tenemos relegada por culpa del trabajo. Disfrutar de la familia y los amigos, viajar, ocupar la mente en otras cosas... Y esto no aplica solo a las vacaciones, sino también cuando terminamos nuestra jornada en cualquier día laboral.

Desconectar te permite oxigenarte y cargarte de energía para que cuando vuelvas al trabajo estés preparado, tanto física como mentalmente, para abordar los desafíos con fuerzas renovadas.

Todo se puede mejorar

Si encontráis a alguien con estas habilidades no lo dejéis escapar. Y si queréis crecer profesionalmente, os animo a intentar cultivar estas capacidades, porque al contrario de lo que piensan algunas personas, todo se puede mejorar.

Y tú, ¿qué es lo que valoras de las personas que te gustaría tener en tu equipo?, ¿qué habilidades consideras más valiosas para el nuevo entorno?

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